Lunes, Diciembre 10, 2018

Leyenda del Carru Rozu

"Allá arriba, coronando la cima del monte, aparece la silueta pétrea de una figura que en el entorno todo se conoce por "Carro de Rozo". Una antigua leyenda cuenta que fue un vecino de esta comarca quien se quedó petrificado en aquellas alturas con su carro y sus bueyes como castigo a su comportamiento impío. La leyenda popular la recoge Gonzalo de Trasssiera en su libro "Tradiciones cantábricas". Esa montaña está localizada precisamente en tierras de Pumalverde.

"El que siga la carretera que saliendo de Comillas -dice el autor- llega a Udías y ahora enlaza con el trozo que une al primero de dichos pueblos con el de Cabezón de la Sal, subiendo una extensa y continuada pendiente, irá descubriendo un dilatado y pintoresco panorama...". "En un recodo de la misma existe una pequeña venta casi oculta en el ángulo que la carretera forma... El paisaje que desde allí se descubre es de una belleza deslumbradora y salvaje... Lo que llamó, sin embargo, más mi atención era la extraña forma de dos enormes rocas que, a poca distancia, se alzaban sobre un cerro y parecían obra de aquellos artistas indios de la época en que, con colosal esfuerzo, se dedicaban a tallar las montañas; aquellas rocas debían tener un misterio o tradición." Y he aquí el relato:
"Cerca del sitio por donde hoy pasa la carretera y antes de llegar al pueblo de Udías, había en la época en que la tradición coloca mi relato una pequeña casita sombreada por la espalda por un nogal recio y copudo y por el frente y sobre su puerta por un fresco emparrado. Aquí vivía un matrimonio con su hija, una niña de diez a doce años. Parece ser que mientras la esposa era un dechado de virtudes, trabajadora, religiosa y resignada, el marido era un compendio de defectos, incrédulo, holgazán, ambicioso. Él hubiera querido ir a las indias a hacer fortuna, mas como tal ocasión no se presentara, cuando hubo de mantener a una familia "cogió un hacha y dando tajos a diestro y siniestro, conseguía cargar una carreta, que, con su pareja de bueyes, fue la dote que le trajo su mujer". Pero resulta que el hombre, al fin, se hizo trabajador por codicia e imponía duros trabajos a su mujer y a su hija, a las que , pese a su condición de fieles creyentes, las obligaba a dedicarse a las faenas del campo lo mismo días laborables que festivos, cosa esta última a que se negaba la esposa.
Era un domingo de madrugada, el marido preparaba su carreta en contra de las protestas de la mujer; trataba el de obligar a su hija a acompañarle, cosa que tampoco logró, aunque le costara, una bofetada a la criatura su protesta. Y así, maldiciendo a la familia y a los santos, se dirigió al monte cercano con sus bueyes. Transcurría, empero, la jornada sin que el marido regresara a casa; alarmada la buena mujer, miraba al monte y suplicaba por el regreso del esposo. Una gran tormenta envolvía al anochecer con sus resplandores estos parajes iluminando la cumbre del monte los relámpagos. Y así, "a la luz de un nuevo relámpago, vieron en la cumbre del próximo cerro la carreta del marido y del padre; pero inmóvil y como clavada en el suelo. Las pobres mujeres corrieron en su ayuda, mas pronto vieron lo extraordinario, a la par que lo asombroso del suceso: la carreta, los bueyes y su impío amo se habían petrificado ante la enfurecida mirada de Dios". Fue el castigo que la mole roja dolomítica recuerda en la altura a los que tienen imaginación."